Estos últimos años han sido especiales en muchos aspectos. Del punto de vista sanitario, estuvimos a merced del COVID-19 casi por 3 años. Nuestro estilo de vida se vio afectado rotundamente y tuvimos que aprender nuevos hábitos, nuevas formas de relacionarnos, de aprender, de trabajar, así como también incorporamos una serie de rituales antisépticos, de uso de elementos de protección personal y la higiene de manos (por mencionar algunos).
Con el fin de la pandemia vimos la luz al final del túnel y pudimos volver a relacionarnos de la forma en que solíamos hacerlo. Fue un alivio, de eso no hay duda. Sin embargo, iniciando el otoño de este año un nuevo problema de salud nos comenzó a afectar, pero la percepción del problema fue variable: lamentablemente al inicio de la crisis sanitaria infantil, ésta no parecía algo relevante ni inesperado, afectaba sólo al sur del país y fue prácticamente imperceptible más al norte. Sin embargo, lo que partió como algo “para nada fuera de lo común”, terminó por afectar a todo el territorio nacional, constituyendo una de las mayores catástrofes vividas en los últimos años en Pediatría. Ahora son nuestros niños y niñas quienes se están enfermando a “gran escala”, muchos de ellos con requerimientos de atención hospitalaria por insuficiencia respiratoria, incluyendo una mayor necesidad de usar dispositivos de avanzada y de hospitalizaciones en unidades de paciente crítico comparado a años anteriores.
Si bien es cierto, los Pediatras estábamos acostumbrados a tener periodos invernales con aumento de infecciones respiratorias en los niños y contábamos con preparación a nivel hospitalario y a nivel central para enfrentar la famosa campaña de invierno. Sin embargo, este año nos vimos “sorprendidos” ante el número de población consultante y por la gravedad de los cuadros clínicos observados. Si bien el enemigo sigue siendo el mismo villano de siempre, el nunca bienvenido virus respiratorio sincicial, el problema es que es el hospedero quien cambió y probablemente ha sido uno de los causantes de esta situación. Si analizamos los grupos etarios más afectados, son aquellos pacientes menores de 3 años de vida, ¿alguna coincidencia? Efectivamente, estamos frente a un grupo especial de niños, a quienes tristemente se les denomina “niños pandémicos” por muchos motivos socioculturales y sanitarios. Son pacientes que no se han expuesto en forma natural a los virus invernales ni han sido provistos de inmunidad materna contra estos microorganismos, ya que ellas también estuvieron “protegidas” durante la gestación, usaron mascarilla y evitaron a toda costa enfermar. Por lo tanto, esta primera contienda virus vs hospedero infantil pareciera ser desigual, con niños sin armas para combatir a este enemigo. ¿Una consecuencia más de la pandemia?, parece muy plausible.
Sin duda aprendimos mucho sobre autocuidado durante el período pandémico recién pasado. Es entendible que la gente esté aburrida y cansada de las medidas restrictivas, y es entendible. Sin embargo, estos conocimientos aprendidos una vez más pueden salvar vidas. Es momento de volver a ser solidarios y cuidarnos entre todos, especialmente porque esta crisis está afectando a los más pequeños. Puede sonar cliché la recomendación “volver al autocuidado, evitar aglomeraciones, usar mascarillas en lugares concurridos y/o si presentamos síntomas respiratorios, sin olvidar el lavado de manos frecuente”, pero si bien los adultos puede que no tengamos mayores problemas por el virus respiratorio sincicial, para un lactante puede resultar mortal. Trabajemos y seamos solidarios, esta vez por nuestros niños.

